Hace poco tiempo, tuve el honor de compartir con ella su cumpleaños número 90, el cual celebró como si fuera el número 15, a pesar de haber sido también un momento difícil, llena de energía, de emoción y de vida.

Por mucho tiempo yo me pregunté cuál es su secreto, de dónde saca la energía para hacer todo lo que hace, hasta que, finalmente, la vida nos juntó una cantidad de tiempo suficiente para poder hacerle preguntas. Pero antes, quiero hablar un poco de ella.

Nacida en un pueblito rural de Chile, tuvo una infancia simple en el campo: Subir fruteros, jugar con su hermana, cuidar de su hermano, leer libros, escuchar a su madre tocar el piano, así creció. Al llegar a los 17 años tomó una decisión difícil, en contra de la voluntad de su padre comenzó sus estudios universitarios como Asistente Social en Santiago de Chile, en una época donde pocas eran las mujeres que llegaban a estudiar. Ella fue independiente.

Luego de ejercer su profesión por unos años, emprendió la aventura de comenzar una familia, con un hombre muy distinto a ella, pero que fue el único en su vida. Con una diferencia de edad considerable, 18 años, un pasado y una personalidad difíciles, mi abuelo fue el amor de su vida, de acuerdo a lo que ella me ha relatado incontables veces. Dejando a su familia y su vida en Chile atrás, se mudó a la Argentina por amor, y de este amor fue que surgió mi madre, Mónica, su única hija.

Durante la infancia y adolescencia de mi madre, mi abuela tuvo la oportunidad de viajar a innumerables lugares, desde remotos rincones de América latina en una casa rodante, hasta ostentosas catedrales en Europa. Siempre manteniendo sus principios e ideas. Una anécdota que yo recuerdo siempre como ejemplo es cuando ella, al visitar la tumba de Napoleón en París, no bajó la mirada para no hacerle reverencia.

Mi abuela y yo
Mi abuela tomando una cerveza mientras yo tomo una sidra, para no engordar…

Con el tiempo nacimos mis hermanas y yo. Siempre nos trató con suma adoración y amor, siempre demostrándonos lo orgullosa que se sentía de nosotros. Durante nuestra infancia siempre estuvo presente y nos enseño todo lo que pudo enseñarnos, siempre con gran positivismo.

Su vida no ha sido solamente felicidad, habiendo tenido elecciones difíciles como dejar su carrera y su familia atrás, no haber podido pasar con su hija el tiempo que ella hubiera deseado durante su infancia, el fallecimiento de su marido, grandes pérdidas materiales, son sólo algunas de las cosas que le ocurrieron, siendo lo más notorio perder a su hija, la cual enfermó de cancer cuando tenía mi edad.

Sin mirar para el costado, ella siempre se ha podido levantar y nunca se ha dejado abatir por la tristeza. Siempre ha brindado una mano de ayuda, no sólo a su familia directa sino a quien la necesitara. De sólo mirarla no pareciera que el tiempo pasase para ella. Nunca se detuvo.

Los tatuajes de mi abuela
Mi abuela tiene tatuados los nombres de sus primeros bisnietos en las muñecas.

Con ochenta y siete años, luego de haberse tatuado (si, si, tatuajes) en las muñecas los nombres de sus bisnietos, se embarcó en una aventura más. Sin hablar una gota de inglés, se subió a un avión con rumbo a California, un lugar que para ella es especial por varios motivos, hogar de su escritora favorita: Isabel Allende, y de su único nieto. Todavía recuerdo verla salir del Aeropuerto de LAX, no sin antes recibir una llamada del servicio de inmigración, mi corazón se llenó de alegría. Pude mostrarle todo lo que hay de bueno en California, desde la vida urbana hasta los parques nacionales.

Fue en ese viaje donde comencé a entender el motivo de esa resiliencia, de ese amor a la vida. En un mundo donde todas las personas se concentran en lo que perdieron, en el pasado, ella se concentra en otra cosa, en lo que viene, en las alegrías por venir, sin las limitaciones artificiales que los humanos estamos acostumbrados a auto-imponernos: distancias, dinero, edad, género, etc. Ella abraza lo que viene con emoción y sin miedo. Eso es genuinamente admirable.

Hay miles de cosas que puedo contar, pero no hoy. Y voy a cerrar este relato con un mensaje dirigido a ella. A veces cuando hablamos por teléfono y me dice “hoy caminé sólo una hora”, como si nada, yo pienso a mi mismo: “Yo tengo 54 años menos y camino mucho menos que eso por día”. Nonita, vos sos lo que toda persona debería aspirar a ser, yo me siento honrado de haber podido aprender, aunque sea un poquito, de vos. Te amo!